El origen de nuestro nombre

La noche en que Quito
aprendió a decir: volveré

Una leyenda colonial, una respuesta inolvidable
y una mesa que conserva su memoria.

Vitral del Padre Almeida con su guitarra frente al Quito colonial
Quito, entre historia y misterio

El fraile que escapaba hacia la bohemia

Cuenta la tradición que, cuando el silencio cubría el convento de San Diego, el Padre Almeida dejaba atrás la disciplina del claustro para buscar la música, la tertulia y las noches del Quito antiguo.

No era una salida sencilla. Para alcanzar una ventana alta, debía trepar junto a la imagen de un Cristo y apoyarse en ella antes de desaparecer por los tejados.

01 / La pregunta

Una voz rompe
el silencio

Noche tras noche repitió el mismo camino. Hasta que, al disponerse a salir una vez más, la figura que le servía de apoyo pareció cobrar vida.

Desde la quietud del convento llegó una pregunta solemne que atravesó el tiempo:

«¿Hasta cuándo,
Padre Almeida?»
Vitral del Padre Almeida junto a la imagen de Cristo y una ventana del convento
02 / La respuesta

La frase que dio
nombre a la casa

Con esa picardía que la memoria quiteña reconoce de inmediato, el fraile contestó sin renunciar todavía a su aventura:

«¡Hasta la vuelta,
Señor!»

La despedida se convirtió en promesa. Siglos después, esas palabras nombran un lugar que celebra las raíces, la cocina y la alegría de regresar.

De la leyenda nace nuestro nombre.

Hasta la vuelta,
Señor.
Una invitación a volver siempre.
03 / El encuentro

La visión que
cambió su camino

La leyenda cuenta que, durante una de sus escapadas, Almeida encontró un cortejo fúnebre avanzando entre velas por una calle estrecha.

Al preguntar por el difunto, descubrió con estremecimiento que el hombre al que acompañaban era él mismo. No era un final, sino una advertencia: todavía estaba a tiempo de elegir otra vida.

Vitral del Padre Almeida frente a un cortejo nocturno en el Quito colonial

Al volver al convento, la aventura se transformó en memoria.

La promesa continúa
alrededor de nuestra mesa.

Hoy honramos el espíritu de aquella historia con sabores tradicionales, recetas heredadas y encuentros que merecen repetirse. Cada visita termina como empezó la leyenda: con la certeza de que siempre habrá una próxima vuelta.

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